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Se augura, por tanto, para el agua un entorno de precios al alza consecuencia de su necesidad y su escasez. Hay quienes apuntan que los principales conflictos a nivel mundial en los próximos años se derivarán de la disputa por lo que han dado en llamar “oro blanco”. Aunque parece un pronóstico aventurado a día de hoy, pueden no ir desencaminados. Pero más allá de esas disquisiciones intelectuales, lo cierto es que la inversión en agua parece una apuesta segura en los tiempos que corren. Una apuesta que, a medio plazo, rendirá sus frutos. Y es que, aparte de la materia prima en sí, el negocio del agua va a estar en primera plana de la actualidad.

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Se requiere inversión en infraestructura tanto para localizar nuevos pozos como para la adecuada distribución de los recursos ya existentes, evitando las mermas; se van a fomentar los procesos tanto de transformación de agua salada (97% del total mundial) en dulce o como de depuración y reciclado de las aguas contaminadas; van a ponerse de moda aquellos mecanismos que permitan a los usuarios contener su gasto doméstico o al sector primario o secundario de la economía hacer un mejor aprovechamiento del agua en sus procesos, por poner sólo tres ejemplos.

Las inversiones relacionadas con el agua crecerán, según el Consejo Mundial del Agua, de 80.000 millones de dólares anuales hoy a 180.000 en el 2025. Sólo China ha anunciado de aquí a 2010 un plan que prevé un gasto a esa fecha de 125.000 millones. Y es que cerca del 1.000 millones de personas carecen hoy de acceso a agua potable corriente. Esta cifra, que podía parecer, porque lo es, una barbaridad, se puede convertir en una broma si se cumplen los peores pronósticos.

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El agua va a estar en el punto de mira. Y por el bien de todos, resulta hoy más que nunca imprescindible que, tanto en las naciones más desarrolladas como en aquellas que no participan del mismo nivel de bienestar, se invierta en aquellas infraestructuras que permitan su mejor localización y aprovechamiento. Aunque suene dramático, es la estabilidad social del planeta está en juego. Y, como toda crisis, supone una oportunidad para los inversores más avezados que quieran anticiparse a lo que puede ocurrir.