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Hemos constituido una sociedad en la que se valora mucho la higiene personal. El agua es tan abundante y la obtenemos tan fácilmente que no nos damos cuenta de que es un bien preciado que hay que cuidar. Por eso no es raro que una persona se bañe y se duche varias veces al día. No es que vea mal que haya duchas en las playas, pero no puedo evitar sufrir cada vez que alguien se recrea hasta límites que no son normales o pulsa indiscriminadamente al botón que las abre. Pertenezco a una generación para la que el líquido elemento era un bien muy escaso. En mi pueblo se hacía cola para obtener agua de la fuente y las mujeres tenían que recorrer largas caminatas con cántaros al costado para tener agua potable en las casas. Los niños nos bañábamos una vez a la semana en un barreño, cuya agua servía para el aseo de todos los hermanos. Por eso, cada vez que veo que se desperdicia el agua, me entra un no sé qué por el cuerpo.