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Sin lluvias a la vista, hablar del tiempo en los ascensores está dejando de ser una conversación trivial. La amenaza de restricciones en Cataluña se aproxima, a pesar de que el Ayuntamiento de Barcelona ha asegurado que no cortará el suministro aunque tenga que llevar el agua en barco desde la desalinizadora de Almería.

Con uno de los periodos de sequía más grave de su historia reciente hay pocos argumentos para el optimismo. Tal vez sólo uno. El consumo en Barcelona sigue bajando año tras año, hasta llegar los últimos meses al mínimo histórico de los 110 litros por persona y día. En los últimos siete años el consumo se ha reducido en un 12,4%.

Y es que ya sea por dinero o por conciencia, los pequeños gestos están cuajando entre la ciudadanía. Jordi Huguet lleva tres años dando clase en el Aula del Agua, un espacio donde se dan conferencias y talleres. Su público va desde arquitectos y profesionales de la construcción hasta maestros de escuela, pasando por jubilados y particulares.

Y es que reclamo no le falta, el subtítulo de su conferencia es ‘Como dividir por dos el recibo del agua de forma sencilla’. El secreto, reductores de caudal que, por unos euros, disminuyen a la mitad el flujo de agua de duchas y grifos, «aunque la sensación es que sigue saliendo la misma».
«No se ha tocado techo»
La agricultura sigue llevándose la mayor parte del agua en Catalunya, pero en el sistema Ter-Llobregat, el que que abastece Barcelona, el consumo urbano absorbe un 43% del agua, frente a un 36% el agrícola y un 21% el industrial. Elisenda Forés, de Ecologistas en Acción, asegura que «no se ha tocado techo» en la reducción consumo urbano.